lunes, 5 de diciembre de 2011

CAMPANARIOS

Su Cristo estaba allí, clavado en una cruz… Con la cabeza gacha y coronada de espinas; por sus pies y sus manos corrían ríos de sangre. Parecía estar profundamente triste, derrotado, pero con un sentimiento calmo, sosegado…
Arrodillado, y muy cerca del pulpito, lo contemplaba con la mirada fija; no pudo evitar que una lágrima se resbalara por sus mejillas… Sintió la misma tristeza, la misma sangre que corría por sus venas, las mismas espinas clavadas, la misma derrota. Estaba repleto de sentimientos… Pero por sobre todo sintió su amor; Ese poder que todo lo perdona y todo lo transforma en su más intima naturaleza.
Mientras lo observaba se hizo miles de preguntas, pero cada una de las respuestas parecían no serle coherentes… Nada se comparaba con su amor.
Aún en cuclillas, y todavía sorprendido de sí mismo, se vio con el mismo sentir de aquella primera vez cuando descubrió esa fuerte presencia que lo invadía. Ahora lo podía contemplar de una forma más clara y pura; sabía que ese era su lugar en el mundo, justo frente a él, donde su alma se despegaba de su cuerpo y se sentía él mismo; sí, con toda la muerte y toda la vida juntas, como echadas en una bolsa.
Su Cristo estaba allí, y él pegadito con su alma…
SOLO EL AMOR PERMANECE.