sábado 14 de enero de 2012

LA VIEJA CASONA

Mientras escuchaba el silbido ronco de la pava, el murmullo vago de de mis voces pensativas me trasladaban, enlentecido por el silencio aterciopelado que acaricia mi frente. Tome un mate cebado por mí, sin percibirlo; y fue entonces cuando vi la casona de mis sueños, de mis días felices… zumbaba tanto la vida por allí; aquel viejo portillo que habría al patio, siempre amenazaba mi ánimo con su sutil encanto, y yo me enredaba en ellos… Canteros de flores silvestres y muchos malvones, redimen en mi mente, el secreto olvidado de esos juegos de niño. Sin querer se me escapa una lagrima que corre por las mejillas de mi cara limpia y cuidadosamente afeitada, como queriendo esconder lo ajado del tiempo que inevitablemente se metió en mi piel. Siento claramente por mis venas ese tierno aroma del niño que fui. Es Dios mismo quien encarna su voluntad en mí, y en mí levanta esa suave brisa del recuerdo que me desgarra hasta la pura emoción. Me cebo otro mate, pero esta vez bendiciendo ese universo de filosofías ingenuas; y me veo sin buscar demasiada explicación en el misterio. Me había olvidado de esa silenciosa felicidad…

lunes 5 de diciembre de 2011

CAMPANARIOS

Su Cristo estaba allí, clavado en una cruz… Con la cabeza gacha y coronada de espinas; por sus pies y sus manos corrían ríos de sangre. Parecía estar profundamente triste, derrotado, pero con un sentimiento calmo, sosegado…
Arrodillado, y muy cerca del pulpito, lo contemplaba con la mirada fija; no pudo evitar que una lágrima se resbalara por sus mejillas… Sintió la misma tristeza, la misma sangre que corría por sus venas, las mismas espinas clavadas, la misma derrota. Estaba repleto de sentimientos… Pero por sobre todo sintió su amor; Ese poder que todo lo perdona y todo lo transforma en su más intima naturaleza.
Mientras lo observaba se hizo miles de preguntas, pero cada una de las respuestas parecían no serle coherentes… Nada se comparaba con su amor.
Aún en cuclillas, y todavía sorprendido de sí mismo, se vio con el mismo sentir de aquella primera vez cuando descubrió esa fuerte presencia que lo invadía. Ahora lo podía contemplar de una forma más clara y pura; sabía que ese era su lugar en el mundo, justo frente a él, donde su alma se despegaba de su cuerpo y se sentía él mismo; sí, con toda la muerte y toda la vida juntas, como echadas en una bolsa.
Su Cristo estaba allí, y él pegadito con su alma…
SOLO EL AMOR PERMANECE.